¿Qué habilidades se pueden desarrollar al jugar videojuegos de forma moderada?

Cuando se habla de videojuegos, la conversación suele concentrarse en el tiempo que una persona pasa frente a una pantalla. Sin embargo, hay otra pregunta igualmente interesante: ¿qué está haciendo mental y socialmente mientras juega?

Una partida no consiste simplemente en mirar una imagen y pulsar botones. Dependiendo del videojuego, el jugador puede tener que interpretar información, tomar decisiones, recordar objetivos, administrar recursos, coordinarse con otras personas, probar estrategias y cambiar de plan cuando algo sale mal.

Eso no significa que jugar videojuegos convierta automáticamente a alguien en una persona más creativa, inteligente o hábil. Tampoco todos los juegos exigen las mismas capacidades ni producen los mismos resultados. La evidencia disponible apunta más bien a que determinadas experiencias de juego pueden poner en práctica algunas habilidades cognitivas, sociales y de autorregulación, especialmente cuando el juego forma parte de una rutina equilibrada. Una revisión sistemática reciente sobre videojuegos comerciales y metacognición encontró indicios de que ciertas experiencias pueden favorecer procesos como la planificación, el seguimiento del propio desempeño y la adaptación de estrategias, aunque los autores también señalan que la investigación en este campo todavía es limitada y presenta diferencias en la forma de medir estas capacidades.

Por eso, el valor educativo de los videojuegos no está en pensar que “jugar es aprender” en cualquier circunstancia. Está en reconocer qué habilidades pone realmente en juego una experiencia concreta y cómo esas habilidades pueden aprovecharse dentro y fuera de la pantalla.

Índice
  1. Resolver problemas: pensar antes de actuar
  2. Planificación y toma de decisiones
  3. Metacognición: aprender a pensar sobre cómo estás jugando
  4. Perseverancia y aprendizaje a partir del error
  5. Atención y capacidad para seguir información relevante
  6. Memoria y manejo de información
  7. Creatividad: no solo consiste en “crear cosas bonitas”
  8. Comunicación y cooperación cuando se juega con otras personas
  9. Autorregulación y gestión de la frustración
  10. Motivación: entender por qué una tarea difícil puede seguir siendo atractiva
  11. Cómo convertir una partida en una oportunidad de aprendizaje
  12. El tipo de videojuego importa más de lo que parece
  13. Jugar de forma moderada sigue siendo una pieza importante
  14. Preguntas frecuentes sobre las habilidades que pueden desarrollarse jugando
  15. El verdadero potencial del gaming está en lo que hacemos con la experiencia

Resolver problemas: pensar antes de actuar

Uno de los aspectos más evidentes de muchos videojuegos es la necesidad de resolver problemas.

El jugador recibe un objetivo, encuentra obstáculos y debe buscar una manera de avanzar. A veces la solución es inmediata. En otras ocasiones hay que probar diferentes posibilidades, cometer errores y volver a intentarlo.

Un juego de estrategia puede exigir decidir cómo utilizar recursos limitados. Uno de aventuras puede plantear acertijos. Un título de construcción puede obligar a planificar antes de gastar materiales. Incluso un juego sencillo puede presentar pequeños problemas que requieren observar, elegir y comprobar.

La habilidad interesante no consiste únicamente en encontrar la solución correcta. También está en aprender a formular una hipótesis: “creo que esto funcionará”, probarla y modificarla cuando no da resultado.

Ese proceso se parece a una forma básica de pensamiento experimental.

Una revisión sobre aprendizaje basado en juegos en educación infantil encontró resultados favorables en áreas como desarrollo cognitivo y resolución de problemas, aunque también señaló que los efectos dependen de factores como el tipo de juego, los objetivos de aprendizaje y las características de los participantes.

La clave está en no atribuir al videojuego capacidades mágicas. Resolver problemas dentro de un juego significa practicar resolución de problemas dentro de un entorno concreto. Para que la habilidad se traslade a otros contextos, puede ser necesario hacer consciente esa relación.

Planificación y toma de decisiones

Hay videojuegos en los que actuar rápidamente importa, pero también muchos en los que pensar con anticipación marca la diferencia.

Un jugador puede tener que decidir si utiliza ahora un recurso o lo guarda para más adelante, qué objetivo abordar primero, qué ruta seguir o qué estrategia utilizar frente a un determinado adversario.

Estas decisiones obligan a considerar consecuencias.

Por ejemplo, en un juego de estrategia, gastar todos los recursos disponibles en una mejora inmediata puede parecer una buena idea hasta que aparece un problema inesperado unos minutos después. La experiencia enseña, dentro del propio juego, que una decisión tiene efectos posteriores.

La planificación también aparece en juegos de construcción, gestión, estrategia por turnos y muchas experiencias de rol.

Un aspecto interesante es que la planificación no termina cuando se toma la decisión. Después hay que comprobar si el resultado coincide con lo esperado.

Ahí empieza otra habilidad importante: revisar y corregir.

Metacognición: aprender a pensar sobre cómo estás jugando

La metacognición puede sonar como un concepto académico, pero en realidad describe algo bastante cotidiano: darse cuenta de cómo estamos pensando y de qué estrategia estamos utilizando.

Un jugador puede preguntarse: “¿Por qué estoy perdiendo?”, “¿qué estoy haciendo diferente de quien me está ganando?”, “¿qué parte de mi estrategia está fallando?” o “¿qué debería cambiar en el próximo intento?”.

Ese diálogo interno es una forma de supervisión del propio proceso.

La revisión sistemática publicada en Frontiers in Education en 2025 encontró evidencia preliminar de que algunos videojuegos comerciales, cuando se combinan con estrategias metacognitivas y contextos educativos, pueden estimular planificación, monitorización y evaluación de las propias acciones. Los autores subrayan, al mismo tiempo, que la cantidad de investigación específica todavía es reducida y que hacen falta estudios más sólidos.

Esto ofrece una aplicación educativa muy interesante.

Después de una partida, un adulto puede preguntar a un niño: “¿qué intentaste hacer?”, “¿qué funcionó?” y “¿qué cambiarías la próxima vez?”. La conversación convierte una experiencia de juego en una oportunidad para reflexionar sobre el proceso.

Perseverancia y aprendizaje a partir del error

Perder forma parte de casi cualquier videojuego.

Una misión falla. Un personaje queda eliminado. Un jefe derrota al jugador. Una estrategia que parecía prometedora resulta inútil.

Lo interesante es qué ocurre después.

En muchos casos, el jugador vuelve a intentar la actividad utilizando la información que obtuvo del fracaso anterior. Puede cambiar el equipo, modificar el recorrido, probar otra estrategia o simplemente practicar una habilidad concreta.

Esto puede favorecer una relación más práctica con el error: no como una prueba definitiva de incapacidad, sino como información sobre lo que todavía no funciona.

No todos los jugadores reaccionan igual, por supuesto. Frustrarse y abandonar también es posible. Precisamente por eso, el valor educativo no está únicamente en que el juego presente dificultades, sino en cómo se afrontan esas dificultades.

Un adulto puede ayudar a identificar el proceso preguntando: “¿qué descubriste al perder?” o “¿qué vas a probar diferente?”.

Así, una derrota deja de ser únicamente un resultado y se convierte en material para pensar.

Atención y capacidad para seguir información relevante

Muchos videojuegos exigen prestar atención a diferentes elementos al mismo tiempo.

Hay que seguir una misión, recordar una indicación, observar el entorno, reaccionar a determinados estímulos y distinguir lo importante de aquello que puede ignorarse.

Esto puede poner en práctica procesos relacionados con la atención, pero conviene evitar una conclusión demasiado amplia. Ser bueno detectando señales en un videojuego no significa necesariamente que una persona vaya a concentrarse mejor en cualquier actividad escolar o laboral.

La situación depende del tipo de tarea y de la habilidad concreta.

Por ejemplo, un juego con múltiples objetivos puede exigir cambiar la atención entre distintas piezas de información. Un juego de estrategia puede requerir mantener ciertos datos en mente mientras se observa lo que sucede en la pantalla.

Estas exigencias son reales, pero el posible traslado a otras tareas debe evaluarse con cuidado.

La investigación sobre videojuegos y aprendizaje sigue siendo un campo en desarrollo, y la evidencia no permite afirmar que cualquier videojuego produzca mejoras generales en la atención.

Memoria y manejo de información

La memoria también aparece de muchas maneras durante una partida.

El jugador puede recordar controles, rutas, patrones de comportamiento de un adversario, ubicaciones de objetos, reglas del mundo virtual o consecuencias de decisiones anteriores.

En un juego de aventuras, quizá sea necesario recordar que una determinada puerta solo se abre después de conseguir un objeto concreto. En uno de estrategia, puede ser útil recordar qué acciones del adversario suelen preceder a determinado movimiento.

No se trata simplemente de memorizar datos.

También interviene el uso de la información.

Recordar algo resulta útil cuando permite tomar una decisión posterior. Esa combinación entre memoria y acción puede hacer que determinados videojuegos sean mentalmente exigentes.

Una vez más, conviene distinguir entre practicar una memoria específica dentro de un entorno de juego y desarrollar automáticamente una memoria superior en todos los ámbitos.

La transferencia no debe darse por hecha.

Creatividad: no solo consiste en “crear cosas bonitas”

Algunos videojuegos ofrecen espacios especialmente abiertos para construir, diseñar o experimentar.

En juegos de construcción, por ejemplo, el jugador puede decidir cómo organizar un espacio, qué materiales utilizar o qué estructura quiere crear. Otros juegos permiten diseñar personajes, crear historias, resolver situaciones de maneras diferentes o modificar un entorno.

La creatividad aparece cuando existen varias soluciones posibles y el jugador puede experimentar.

También está presente cuando se combinan elementos conocidos para producir algo nuevo.

Una persona puede construir una casa dentro de un juego utilizando materiales comunes, pero distribuirlos de una forma original. Puede crear una historia utilizando herramientas ya disponibles o resolver una misión mediante una estrategia poco habitual.

Una revisión sobre aprendizaje basado en juegos ha encontrado resultados asociados con creatividad y otros aspectos del desarrollo cognitivo, aunque nuevamente los autores señalan que los resultados dependen de las características del juego y del contexto de uso.

Por eso, elegir experiencias que permitan crear puede ser una forma especialmente interesante de incorporar gaming al aprendizaje.

Comunicación y cooperación cuando se juega con otras personas

No todos los videojuegos son actividades individuales.

Los juegos cooperativos obligan, en mayor o menor medida, a comunicarse, coordinarse y repartir funciones. Un grupo puede necesitar decidir quién cumple cada tarea, quién avisa de un peligro o qué estrategia utilizará para superar un desafío.

Aquí aparecen habilidades sociales bastante concretas.

Escuchar a otra persona. Explicar una idea. Pedir ayuda. Dar información útil. Adaptarse a una estrategia que no fue la propia.

Una revisión reciente centrada en videojuegos y metacognición también recoge el papel de la coordinación entre estudiantes y el trabajo colaborativo en determinados contextos de uso educativo.

Eso sí, jugar online no garantiza aprender a comunicarse mejor. Un entorno competitivo puede producir cooperación, pero también conflictos. La experiencia depende de las reglas del juego, las personas involucradas y la forma en que se desarrolla la interacción.

Por eso, los juegos cooperativos pueden ser especialmente útiles cuando se acompañan de conversación y reflexión sobre cómo se organizó el equipo.

Autorregulación y gestión de la frustración

Una habilidad interesante que puede ponerse en práctica al jugar es la capacidad para regular la propia conducta.

Cuando una persona pierde varias veces seguidas, tiene distintas posibilidades: abandonar, enfadarse, insistir sin cambiar nada o detenerse y pensar en otra estrategia.

Aprender a reconocer ese momento puede ser valioso.

La autorregulación también aparece al decidir cuándo dejar una partida. Para alguien que disfruta mucho del gaming, terminar voluntariamente una sesión puede requerir planificación y control de impulsos, especialmente cuando existe una fuerte motivación para continuar.

Esto convierte el uso moderado de videojuegos en una oportunidad para practicar una habilidad cotidiana: saber disfrutar de una actividad sin permitir que invada todo lo demás.

La parte “moderada” importa precisamente por eso.

Si el juego desplaza el sueño, las obligaciones, la actividad física o la convivencia, desaparece buena parte del contexto que permitiría hablar de un uso equilibrado. Las recomendaciones educativas y de bienestar digital destacan la necesidad de mantener esas otras áreas dentro de la rutina.

Motivación: entender por qué una tarea difícil puede seguir siendo atractiva

Los videojuegos suelen presentar objetivos claros, retroalimentación frecuente y desafíos progresivos.

Una persona puede intentar algo, recibir información sobre el resultado y volver a intentarlo prácticamente de inmediato. Esa estructura puede mantener la implicación durante una actividad difícil.

En el contexto educativo, una revisión y metaanálisis sobre aprendizaje basado en juegos en educación infantil encontró efectos positivos sobre motivación y participación, aunque también señaló que la eficacia depende de factores como el tipo de juego, las características del estudiante y los objetivos concretos.

Esto resulta interesante porque el videojuego puede mostrar una diferencia entre dos experiencias.

Una tarea puede ser difícil y aun así resultar atractiva si el jugador entiende qué debe conseguir y recibe información sobre su progreso. Esa estructura puede ofrecer ideas para diseñar experiencias de aprendizaje más participativas.

Pero un videojuego no sustituye la motivación necesaria para estudiar otras cosas. La transferencia vuelve a ser la cuestión central.

Cómo convertir una partida en una oportunidad de aprendizaje

No hace falta que cada videojuego tenga una intención educativa explícita.

Un juego comercial puede servir como punto de partida para conversar sobre habilidades que están apareciendo durante la partida.

Después de jugar, se pueden formular preguntas concretas:

¿Qué estrategia utilizaste?

¿Por qué elegiste esa opción?

¿Qué salió mal?

¿Qué información utilizaste para decidir?

¿Qué cambiarías la próxima vez?

¿Cómo se repartieron las tareas cuando jugaste con otras personas?

Estas preguntas hacen visible el pensamiento que normalmente permanece oculto.

En un contexto familiar, también pueden surgir conexiones con la vida cotidiana. Una conversación sobre administrar recursos en un videojuego puede llevar a hablar de planificación. Una partida cooperativa puede abrir una discusión sobre cómo funciona un equipo. Un error repetido puede convertirse en una oportunidad para hablar de práctica y perseverancia.

El objetivo no es forzar una lección después de cada partida.

Es aprender a reconocer cuándo el juego ya está planteando algo que merece ser pensado.

El tipo de videojuego importa más de lo que parece

No tendría sentido decir que todos los videojuegos desarrollan las mismas habilidades.

Un juego de estrategia pone unas capacidades en primer plano. Uno de construcción enfatiza otras. Una experiencia cooperativa plantea demandas sociales diferentes a las de un juego para un solo jugador.

Por eso, elegir videojuegos con intención puede ser especialmente útil dentro del gaming educativo.

Si se busca fomentar creatividad, tiene sentido explorar experiencias con herramientas de construcción o creación. Si interesa trabajar cooperación, los juegos colaborativos pueden ofrecer oportunidades concretas. Si se quiere practicar planificación, pueden resultar más apropiados los títulos que exigen gestionar recursos y consecuencias.

La revisión sistemática sobre videojuegos comerciales y metacognición destaca justamente que características concretas de los juegos pueden favorecer procesos como planificar, supervisar y ajustar las propias acciones.

No se trata de comprar un juego porque prometa desarrollar una habilidad.

Se trata de conocer qué experiencia ofrece realmente.

Jugar de forma moderada sigue siendo una pieza importante

Hablar de habilidades no debería llevar a pensar que cuanto más se juega, mejores serán los resultados.

El tiempo dedicado al gaming tiene que convivir con sueño, movimiento, estudio, trabajo, relaciones y otras formas de ocio. En un entorno educativo, además, un videojuego funciona mejor como recurso complementario que como sustituto automático de la enseñanza.

La investigación sobre aprendizaje basado en juegos muestra resultados prometedores, pero también recoge limitaciones: estudios pequeños, periodos de observación cortos y efectos que pueden variar según el tipo de actividad y el contexto.

Eso invita a una postura sensata.

No hace falta convertir cualquier partida en una herramienta pedagógica. Tampoco conviene despreciar las habilidades que pueden ponerse en práctica mientras se juega.

La moderación permite que el videojuego conserve su función principal de entretenimiento sin impedir que determinadas experiencias tengan valor adicional.

Preguntas frecuentes sobre las habilidades que pueden desarrollarse jugando

¿Los videojuegos hacen que los niños sean más inteligentes?

No existe base suficiente para hacer una afirmación tan general. Algunos videojuegos pueden poner en práctica determinadas habilidades, como resolución de problemas, planificación o coordinación, pero eso no significa que todos los juegos mejoren la inteligencia general.

¿Jugar videojuegos mejora automáticamente la concentración?

No. Algunos juegos requieren atención intensa y selección de información, pero eso no demuestra que cualquier sesión produzca una mejora general de la concentración en la escuela o el trabajo. El tipo de tarea y el contexto importan.

¿Los videojuegos pueden enseñar a trabajar en equipo?

Los juegos cooperativos pueden ofrecer oportunidades para practicar comunicación, coordinación y reparto de tareas. Sin embargo, la calidad de esa experiencia depende del juego y de las interacciones entre los participantes.

¿Los videojuegos educativos son mejores para desarrollar habilidades?

No necesariamente en todos los casos. Los juegos comerciales también pueden presentar problemas complejos, decisiones y sistemas que favorecen determinados procesos cognitivos. La diferencia está en cómo se utilizan y qué objetivos se persiguen.

¿Qué pueden hacer los padres para aprovechar el potencial educativo del gaming?

Interesarse por lo que juega el niño, observar qué habilidades pone en práctica y conversar sobre sus decisiones puede ayudar. También resulta útil elegir juegos acordes con la edad y mantener un equilibrio con sueño, estudio, movimiento y vida familiar.

¿Más horas de juego significan más habilidades?

No. La cantidad de tiempo no garantiza un beneficio y puede convertirse en un problema si desplaza otras necesidades. La calidad de la experiencia, el contexto y el equilibrio de la rutina son factores importantes.

El verdadero potencial del gaming está en lo que hacemos con la experiencia

Los videojuegos pueden ofrecer algo más que entretenimiento. Algunas experiencias ponen al jugador frente a problemas que debe resolver, decisiones que debe anticipar, errores que necesita analizar y objetivos que requieren cooperación o creatividad.

Pero el potencial no aparece automáticamente.

Un videojuego no desarrolla una habilidad concreta simplemente porque alguien lo juegue. Importan el diseño del juego, la forma de jugar, la edad y características del jugador, el contexto y la posibilidad de reflexionar sobre lo ocurrido.

Ahí es donde el gaming educativo encuentra una oportunidad especialmente interesante. Una partida puede ser el comienzo de una conversación sobre planificación. Un fracaso puede servir para hablar de estrategias. Una experiencia cooperativa puede mostrar por qué comunicarse bien cambia el resultado. Una construcción virtual puede convertirse en una puerta hacia la creatividad.

La investigación disponible respalda algunas de estas posibilidades, aunque todavía existen límites y preguntas abiertas sobre cuánto se trasladan esas habilidades a situaciones fuera del juego.

Por eso, disfrutar de los videojuegos de forma moderada no tiene por qué significar elegir entre diversión y aprendizaje. Puede significar aprovechar ambas cosas con criterio: jugar porque resulta entretenido, reconocer qué habilidades se están poniendo en práctica y, cuando tenga sentido, conectar esa experiencia con el mundo real.

El valor educativo de un videojuego no está únicamente en lo que ocurre dentro de la pantalla. También está en lo que el jugador aprende a observar, pensar y hacer después de apagarla.

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